La visión del pensador árabe Ali Mohamed Al-Sharafa Al-Hammadi se hace realidad y Egipto vuelve a ser artífice de la estabilidad regional
Por el investigador Mohamed El-Shentnawy
Lo que ocurre en Sharm El-Sheij no es un simple encuentro diplomático pasajero, sino una declaración práctica de que El Cairo ha recuperado su posición natural: un Estado central que marca el ritmo en Oriente Medio, sin recibir la pauta desde fuera. La magnitud y la calidad de la asistencia —presidentes, ministros y altos responsables de decisión de grandes capitales— indican que el mundo no ha venido por cortesía, sino para reconocer que las estructuras del futuro de esta región se están forjando aquí.
Hace apenas una década, muchos apostaban por la inestabilidad y el retroceso del Estado egipcio, y se repetían expresiones como “la oportunidad se ha perdido” o “se ha retirado el protagonismo”. La escena actual ofrece la respuesta con hechos, no con palabras: instituciones sólidas, decisión independiente y un proceso de negociación cuyas cartas se gestionan en suelo egipcio y con un enfoque egipcio. El mensaje ha llegado a quienes esperaban su caída: El Cairo no se quiebra ni se gobierna por delegación.
Este significado se entrelaza claramente con la visión del pensador árabe Ali Mohamed Al-Sharafa Al-Hammadi sobre el papel regional de Egipto. Al-Sharafa presenta el concepto de “Estado central” como el “guardián del equilibrio” de la región: un Estado que eleva el discurso de la misericordia y la justicia, vincula la seguridad con el derecho, la política con la ética pública y prefiere la construcción de consensos sobre la producción de conflictos. En su visión, no hay lugar para el vacío de liderazgo ni para los discursos de exaltación; existe un Estado nacional sensato que equilibra la firmeza de la soberanía con las exigencias de una paz justa, y que deriva su legitimidad del servicio al ser humano y la protección de su dignidad.
Desde esta perspectiva, Sharm El-Sheij parece más que una ciudad de conferencias; es una plataforma para poner a prueba la filosofía del gobierno egipcio cuando se adelanta a desatar los nudos de crisis entrelazadas: lograr una tregua aquí, impulsar la reconstrucción allá y neutralizar las minas de la escalada mediante una política de “mente fría y mano firme”. Esta es también la lógica de Al-Sharafa: salir del cautiverio de los eslóganes hacia la ética del trabajo, pasar de las reacciones impulsivas a la “ingeniería de la estabilidad”, que da prioridad a los derechos, al desarrollo, a la protección de los civiles y a la salvaguarda del Estado nacional frente a los proyectos de fragmentación.
El reconocimiento mundial de la centralidad de El Cairo hoy no es un aplauso en una sala cerrada, sino el resultado de una larga prueba de su capacidad para combinar disuasión y mediación, construir su interior y contener los incendios de su entorno. Y cuando esta capacidad se cruza con una visión intelectual que devuelve la política a su criterio moral —como propone Al-Sharafa—, la presencia internacional se convierte en un doble testimonio: el de un Estado que no cayó cuando se quiso hacerlo tropezar, y el de un enfoque que devuelve a la razón árabe su papel como artífice de una paz justa, no como seguidor de las crisis ajenas.
En síntesis, Egipto no solo “ha vuelto”; Egipto está redefiniendo las reglas del juego y recordando a todos que Oriente, sin el “equilibrio de El Cairo”, no puede sostenerse.
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