Magdy Tantawi escribe: Todos somos corruptos, en distintos grados
Confieso, tras un largo recorrido en el gremio de la prensa, que no fui un héroe protagonista, sino más bien un testigo silencioso que captaba detalles, guardaba rostros y medía las distancias entre el dicho y el hecho. Antaño me aferré a la regla de que "no todo lo que se sabe se dice", pero lo callado se ha acumulado hasta convertirse en un peso insoportable.
La verdad, sin adornos ni falsedades, es que todos caemos en el círculo de la corrupción, cada uno a su manera y según lo permitan la oportunidad, las circunstancias y la capacidad. Nadie está totalmente fuera de la escena ni posee una inocencia absoluta. La historia comienza con un pequeño paso: un favor pasajero, el silencio ante un error, la justificación de una postura; luego, el círculo crece paulatinamente hasta que los intereses se entrelazan, los deseos se cruzan y el silencio se transforma en complicidad.
La corrupción no es solo un maletín de dinero o un trato turbio. La corrupción puede ser una palabra fuera de lugar, una firma sin conciencia, una mirada sospechosa o un deseo fugaz. Puede ser un cargo del que se abusa o una influencia que convence a su poseedor de estar por encima de toda rendición de cuentas. Incluso puede ser una velada amena que abre puertas cerradas o un cumplido que compra un silencio perpetuo.
No caemos de golpe, sino que nos deslizamos por peldaños. Cada peldaño parece estar justificado hasta que llegamos a un fondo que solo vemos cuando ya es demasiado tarde. Hay quienes se detienen en un límite y hay quienes continúan hasta el extremo, incluso hacia aquello a lo que no se debería ni acercar.
Por ello, no me juzgues ni yo te juzgaré, pues la corrupción nos alcanza a ambos. Sin embargo, no somos iguales ni en el grado ni en la profundidad. La verdadera diferencia no radica en pretender la pureza, sino en la capacidad de detenerse, confesar y resistir.
Esto no es un llamado a la desesperación, sino un enfrentamiento sincero con uno mismo. O seguimos engañándonos y usando máscaras de integridad, o iniciamos un viaje más difícil hacia la mitigación de esta caída, reconociendo que la reforma comienza desde dentro antes de exigirla al mundo.
La honestidad duele, pero es el único camino para salir de este pantano en el que todos nos hemos hundido en diferentes medidas.
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