Magdy Tantawy escribe: "Una vida cuyo final arrojarse a un foso
Parece una frase cruel, pero resume la verdad de la que muchos huyen.
Nacemos, crecemos, nos esforzamos, acumulamos, luchamos, discrepamos, y luego terminamos en un foso estrecho; un lugar que no se lleva con nosotros ni dinero, ni poder, ni el estruendo de los títulos. Entonces, ¿qué valor tiene toda esta carrera si el destino es el mismo?
Aquí es donde comienzan las preguntas reales:
¿Vivimos para consumir el tiempo o para entender su significado?
¿Aquello que perseguimos merece que consumamos nuestras vidas por ello?
¿Por qué oprimimos, mentimos y nos enorgullecemos como si fuéramos eternos?
¿Cómo se convierte esta vida corta en un campo de batalla en lugar de ser una oportunidad para la justicia y la misericordia?
Cuando el ser humano comprende que el final es un foso habitado por el silencio, los criterios cambian:
Las batallas triviales se vuelven pequeñas.
Se revela el valor de la sinceridad.
La justicia deja de ser una virtud para convertirse en una necesidad.
Y la benevolencia se transforma en una inversión para lo que viene después del final, no en un lujo moral.
El problema no es el foso, sino la negligencia previa; que el ser humano viva como si no fuera a rendir cuentas, como si nunca fuera a estar un día despojado de todo, excepto de sus obras.
Esta vida no necesita tanto dinero como necesita claridad de visión; no necesita tanto estruendo como necesita honestidad; y no necesita poder tanto como necesita una conciencia despierta.
Si el destino es el mismo, que el camino sea diferente:
Un camino que alivie a las personas y no las abrume.
Que construya y no destruya.
Que una y no divida.
Porque la verdadera pregunta no es cómo vivimos, sino cómo llegamos a ese foso habiendo cumplido con nuestro deber sin remordimientos.
Solo entonces, la vida cobra sentido a pesar de su brevedad, y la muerte se convierte en un mensaje, no en un final.
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