Magdy Tantawi escribe… La caída del pudor cuando ocupa el centro de la escena

Dec 27, 2025 - 13:01
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Magdy Tantawi escribe… La caída del pudor cuando ocupa el centro de la escena

Cuando la negligencia se convierte en delito y el desvelar lo oculto pasa a presentarse como una supuesta hazaña, nos encontramos ante una degradación moral que no escapa ni a la conciencia ni a la naturaleza humana. El recato no es debilidad, ni el pudor es retroceso; por el contrario, constituye la esencia de la dignidad humana. Quien acecha la caída de una persona o el descuido de un alma y se apresura a exhibirlo —ya sea una imagen, una palabra o una escena— no ejerce libertad alguna, sino que comete una agresión plenamente configurada, repudiada por los valores y rechazada por la religión.

Más peligroso aún que el propio acto de asesinato moral es el estruendo que generan quienes lo justifican y lo defienden con una desfachatez repulsiva, amparándose en rótulos falsos llamados arte, actuación y apertura. Como si despojarse del pudor fuera condición para la creatividad, y como si la desnudez conductual e intelectual se hubiera convertido en un salvoconducto hacia la fama. Quienes han ascendido a las plataformas y se han adueñado de las pantallas ya no son modelos a seguir; algunos se han transformado en herramientas de demolición suave que promueven la disolución moral, normalizan la fealdad e imponen su aceptación social como algo habitual.

Los círculos del espectáculo y los focos se han habituado a exhibir el cuerpo, a profanar los sentimientos y a presentar escenas burdas que no respetan el gusto, ni consideran a la familia, ni preservan la inviolabilidad del espacio público. Y cuando se les dice “temed a Dios”, responden: “es libertad personal”, olvidando que la libertad jamás puede ejercerse a costa de la dignidad de las personas, ni de los niños, ni del gusto general, ni de la seguridad psicológica y moral de la sociedad.

Resulta una paradoja escandalosa que quien hiere el pudor se convierta en estrella, y quien lo condena sea acusado de atraso; que la objeción a la fealdad se transforme en delito, mientras sus artífices son homenajeados, se les abren tribunas y se les conceden títulos. Si se dejara el rumbo en manos de estos, impondrían a la sociedad un patrón de vida vil, donde los abrazos y los besos en las calles y las escenas vulgares en las pantallas se volverían norma, hasta el punto de que las tristezas han llegado a ser más recatadas que las celebraciones.

Aquí surge la pregunta esencial: ¿dónde está el derecho de la sociedad?, ¿el derecho de los niños?, ¿el derecho de la vía pública?, ¿el derecho de la familia? ¿Está la gente condenada a soportar diariamente la provocación de los sentimientos en nombre del arte? ¿Está la sociedad obligada a guardar silencio ante una agresión moral continua porque sus autores son celebridades? Callar aquí no es tolerancia, sino abandono; la neutralidad no es sabiduría, sino complicidad silenciosa.

El pudor no es una cadena que restrinja al ser humano, sino una valla que preserva su humanidad. Quien lo derriba no crea arte ni difunde conciencia; abre de par en par las puertas de la corrupción y declara una guerra suave contra los valores y la estabilidad de la sociedad.

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