Magdy Tantawy escribe: Cuando el fuego devoró a quienes lo provocaron
En los momentos cruciales de la historia de los pueblos, el verdadero peligro no reside tanto en la fuerza del enemigo, sino en la debilidad de la conciencia y la división de las filas. Las naciones no caen de repente; se erosionan desde dentro cuando anteponen sus pequeñas disputas a su gran destino.
Hoy, el mundo árabe se enfrenta a un momento similar al de hace siglos, cuando las grandes potencias del mundo islámico de aquel entonces ignoraron el peligro que venía del este, pensando que el fuego devoraría a otros y no los alcanzaría a ellos.
A principios del siglo VII de la Hégira, los mongoles surgieron como una potencia militar masiva bajo el mando de Gengis Kan. Sus ejércitos se extendieron como una inundación devastadora, invadiendo tierras, destruyendo ciudades y aplastando estados sin piedad. La primera gran víctima en el mundo islámico fue el Estado Corasmio, que se extendía por vastas regiones de Asia Central e Irán. Esta poderosa entidad islámica entró en colisión directa con los mongoles, y el ejército mongol la invadió con una brutalidad sin precedentes.
Las ciudades fueron destruidas, las metrópolis incendiadas y poblaciones enteras aniquiladas. Aquel terremoto histórico ocurría mientras el mundo islámico se encontraba desgarrado por luchas de poder e influencia. El Estado Abasí en Bagdad vivía una situación de debilidad política, a pesar de que el prestigio del califato persistía solo de nombre.
Mientras el Estado Corasmio caía bajo las espadas de los mongoles, no se formó una postura islámica unificada para repeler el peligro inminente. Por el contrario, muchos creyeron que la caída de aquel estado aliviaría sus conflictos políticos o eliminaría a un competidor fuerte de la escena. Pero la historia no perdona a quienes leen mal el momento: después de que los mongoles terminaron de destruir el Estado Corasmio, giraron hacia el oeste.
Ya no quedaba ninguna fuerza real que detuviera su avance. Avanzaron ciudad tras ciudad, estado tras estado, hasta que sus huestes llegaron al corazón del mundo islámico. Aquí comenzó la gran tragedia. En el año 1258, el líder mongol Hulagu Khan lideró un ejército masivo hacia Bagdad, la capital del califato y centro de la civilización islámica de la época. Fue el evento que la historia registró como "La Caída de Bagdad en 1258".
La ciudad fue sitiada, las defensas colapsaron y los mongoles entraron en Bagdad. Ocurrió uno de los mayores desastres en la historia de la región: se masacró a un número incalculable de habitantes, las bibliotecas fueron incendiadas y los libros de la Casa de la Sabiduría (Bayt al-Hikma) fueron arrojados al río Tigris, hasta que se dijo que sus aguas se tiñeron de negro por la tinta de los manuscritos. Así cayó el Califato Abasí, que había perdurado durante más de cinco siglos.
De este modo, el fuego que algunos pensaron que solo consumiría a sus rivales se convirtió en un incendio que devoró a todos. Esta escena histórica no es solo un relato del pasado; es un mensaje severo para las naciones que se distraen con sus pequeños conflictos mientras el peligro mayor acecha.
La historia nos enseña una regla inmutable: cuando una nación se divide, es fácil de devorar; y cuando las potencias cercanas se enfrentan, el enemigo lejano es quien gana.
Por ello, el momento actual en el mundo árabe no se trata de simples disputas políticas pasajeras, sino de una verdadera prueba de conciencia histórica. O bien los Estados anteponen su interés común a sus estrechos conflictos, o bien la historia se repetirá de formas distintas. Las naciones que no aprenden de la caída de Bagdad podrían despertar un día y encontrarse con que otra Bagdad cae de nuevo, pero con nombres diferentes y fronteras distintas. La historia, como sabemos, no se repite literalmente, pero siempre castiga los mismos errores con la misma crueldad.
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