Yemen no es simplemente un país que sufre una guerra interna, ni su crisis es un asunto puramente yemení que la vecindad pueda observar desde la distancia. Yemen es parte del corazón de la Península Arábiga y la puerta sur del mar Rojo y del estrecho de Bab el-Mandeb, que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y el océano Índico. Por ello, cualquier gran perturbación en Yemen no se detiene en sus fronteras, sino que su impacto se extiende a Arabia Saudí, Omán, los países del Golfo, el Cuerno de África, Egipto, el mar Rojo y el comercio global. Datos recientes han confirmado que Bab el-Mandeb es una vía estratégica que vincula las rutas de energía y comercio entre el Golfo y Europa a través del mar Rojo y el canal de Suez.
Para comprender el Yemen de hoy, debemos volver un poco al Yemen antiguo. La tierra de Saba, Ma'in, Qataban, Hadramaut y Himyar fue uno de los centros de civilización y comercio más importantes del sur de la Península Arábiga. Marib, Amran, Saná y otras ciudades fueron testimonio de una sociedad que conoció la agricultura, la gestión del agua y el comercio internacional mucho antes de que la región conociera a muchas de las entidades políticas modernas. Las fuentes históricas señalan que la prosperidad del sur de la península estuvo vinculada, desde hace miles de años, al comercio del incienso y de mercancías procedentes de la India y el África oriental con destino a Levante y Egipto.
De ahí comprendemos el significado de «Arabia Feliz» (el Yemen feliz), que no era una mera descripción popular en los libros, sino que estuvo vinculada en la memoria histórica a una tierra que poseía sus propios recursos, sus rutas comerciales y su capacidad para crear civilización, antes de verse expuesta a lo largo de los siglos a transformaciones, conflictos e intervenciones externas sucesivas; la última de las cuales fue, en la era moderna, un conflicto complejo en el que la política se entrelaza con las armas, y la economía con la geografía regional.
El Yemen de hoy paga un precio muy duro. Las Naciones Unidas han anunciado que más de 22 millones de personas necesitan asistencia y protección durante el año 2026, y que 18 millones sufren inseguridad alimentaria aguda, mientras la economía padece una contracción prolongada y los servicios básicos se han deteriorado de forma grave.
Aquí debemos decir al Golfo y a los países árabes que rodean a Yemen que la seguridad no se construye únicamente con armas, y que la geografía no permite a nadie aislarse del fuego si este se enciende en su vecindaryo.
Arabia Saudí es el vecino más grande y más conectado con Yemen geográfica y de forma de seguridad; Omán está vinculado a él por fronteras e intereses históricos y económicos; los Estados del Golfo se ven afectados directamente por cualquier inestabilidad en el sur de la península; mientras que el mar Rojo traslada la crisis a Egipto, Sudán, Yibuti, Eritrea y Somalia, al tiempo que el impacto de la perturbación de la navegación a través de Bab el-Mandeb se extiende hasta el canal de Suez, que representa una arteria vital para el comercio y la energía.
Por lo tanto, apagar el volcán yemení no se logra solo gestionando la batalla, sino reconstruyendo al ser humano yemení, reactivando la economía, revitalizando las instituciones y abriendo el camino hacia un acuerdo político yemení amplio que dé cavidad a las diversas fuerzas, regiones y componentes.
Y esto no es un sueño idealista sin precedentes. El año 2011 fue testigo de la firma de la Iniciativa del Golfo y su mecanismo de ejecución en Riad con el apoyo de las Naciones Unidas, en un intento de gestionar la transición política en Yemen. La idea fundamental era contar con una vía política en lugar de una explosión abierta.
Sin embargo, los años posteriores demostraron que cualquier acuerdo político que no esté respaldado por un proceso económico y de desarrollo real seguirá siendo vulnerable al colapso. A quien pasa hambre no le bastan las declaraciones políticas; el joven que no encuentra trabajo se vuelve más vulnerable a la polarización, y el país cuyas instituciones se derrumban se convierte en un escenario abierto para las fuerzas locales y regionales.
Por ello, lo que se exige al Golfo, y junto a él al entorno árabe, no es mirar a Yemen únicamente como un expediente de seguridad, sino como un proyecto árabe para la reconstrucción de un Estado, una sociedad y una economía.
Yemen necesita un puerto que funcione, una escuela que abra sus puertas, un hospital que reciba a la gente, un camino seguro, un proyecto agrícola, fábricas, oportunidades de empleo, inversiones árabes, reconstrucción y una reconciliación política que preserve la unidad del Estado y otorgue a los yemeníes la sensación de que el futuro puede ser mejor que el pasado.
Si abandonamos a Yemen a la pobreza, las armas y la división, el volcán seguirá siendo propenso a estallar. Pero si abrimos ante Yemen la puerta de la reforma, la cooperación y el desarrollo, no solo salvaremos a Yemen, sino que protegeremos el Golfo, el mar Rojo, el Cuerno de África, Egipto y la ruta del comercio internacional.
Yemen no necesita de los árabes más muros alrededor de su crisis, sino puentes que lo devuelvan a su entorno árabe.
Cuando el volcán pasa hambre, los cañones no lo apagan; y cuando el ser humano siente que su patria se ha perdido, los discursos no le bastan. El fuego empieza a apagarse cuando el yemení siente que su patria le pertenece, que su futuro es posible y que los árabes no lo han abandonado.
Quien quiera devolver la felicidad a Yemen debe empezar por el ser humano yemení, luego por la economía, después por el Estado, seguido de la reconciliación y la cooperación árabe.
Yemen no es un margen en el mapa árabe.
Yemen es la puerta del sur.
Y quien deja una puerta abierta al fuego, no puede garantizar que las llamas no lleguen a su propia casa.