Hubo un tiempo en que bastaba una sola palabra para disuadir al ser humano del error: «vergüenza».
No hacían falta leyes, ni policías, ni cámaras que te vigilaran. La persona sentía que existían límites morales que no se debían cruzar; el respeto a los mayores, la compasión con los débiles, el cuidado del vecino, la protección del bien público y el respeto a los derechos ajenos eran asuntos que no necesitaban un texto legal para ser cumplidos.
Hoy, sin embargo, la palabra «vergüenza» se ha perdido entre el ruido de la vida. Algunas personas han empezado a preguntar: «¿Está esto prohibido por la ley?», en lugar de preguntarse: «¿Esto agrada a Dios?, ¿satisface a mi conciencia?, ¿puedo hacerlo delante de mis hijos sin sentir vergüenza?».
El problema no es la falta de leyes, sino la ausencia de conciencia.
A quien no lo detenga su propia conciencia, tampoco lo detendrá siempre la ley; porque la ley puede ausentarse, pero la conciencia se supone que habita en nuestro interior.
La «vergüenza» era toda una escuela moral. Le enseñaba al ser humano que la libertad no consiste en hacer todo lo que se puede, sino en saber lo que no se debe hacer, aun cuando se tenga la capacidad de hacerlo.
Hoy necesitamos recuperar esta palabra, pequeña en su tamaño, pero enorme en su significado:
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Es una vergüenza arrebatar los derechos del débil.
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Es una vergüenza engañar a la gente.
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Es una vergüenza mentir.
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Es una vergüenza vender nuestra conciencia por dinero.
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Es una vergüenza ver la pobreza y no tener compasión de los pobres.
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Es una vergüenza enarbolar banderas religiosas y luego ser injustos con la gente.
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Y es una vergüenza educar a nuestros hijos hablando de moral mientras les mostramos un ejemplo opuesto en nuestra vida.
Quizá no toda «falta de vergüenza» sea un delito castigado por la ley, pero puede ser una caída moral que destruya al individuo y a la sociedad.
Lo más peligroso, más allá de la pérdida de la palabra «vergüenza», es que el error se convierta con el tiempo en algo normal, que la costumbre pase a ser aceptación y que la aceptación se transforme en una cultura heredada por los hijos.
Lo más grave que hemos perdido no es la palabra «vergüenza»… sino el sentido de la vergüenza.
Cuando muere el pudor ante el error, lo prohibido se convierte en una simple oportunidad, la injusticia en un mero interés, la mentira en un recurso más y la traición en un simple punto de vista.
La «vergüenza» fue, en tiempos pasados, un guardián silencioso a las puertas de la moral; nadie lo veía, pero impedía que el ser humano hiciera aquello que no era digno de su humanidad.
Si queremos reformar una sociedad, no basta con multiplicar las leyes y los castigos; debemos reconstruir al ser humano desde su interior y educar a nuestros hijos en que hay cosas que no se hacen, no por temor a la ley, sino por respeto a Dios, por pudor ante los demás y por preservar la dignidad humana.
Cuando vuelve la conciencia… vuelve la palabra «vergüenza».
Cuando vuelve la palabra «vergüenza»… la moral empieza a recuperar su lugar.
Y cuando la moral recupera su lugar… la sociedad recupera su humanidad.
Ojalá recuperemos esa pequeña palabra que se nos perdió, antes de perder con ella cosas aún más grandes: la conciencia, el pudor, la compasión y al ser humano.