Mohammed Al-Jakni escribe: Cuando una persona recupera el sentido de la existencia.
Las crisis más profundas del ser humano nacen de la pérdida del sentido que orienta sus decisiones, de la conciencia que regula su conducta y de la brújula que le permite distinguir entre aquello que construye y aquello que destruye. Cuando el ser humano se desequilibra internamente, las crisis externas no son más que síntomas de una crisis más profunda.
Desde esta perspectiva puede entenderse el proyecto intelectual del pensador árabe Ali Mohamed Al-Sharafa Al-Hammadi como un intento de devolver al ser humano al centro de la reforma y de situar nuevamente el Corán en su lugar como guía que se traduce en conducta, y no simplemente como un texto que se lee al margen de la vida. El verdadero valor del Corán no se manifiesta en la abundancia de discursos sobre él, sino en la huella que deja en la justicia, la misericordia, la honestidad, la integridad y el respeto a la dignidad humana.
Aquí, la pregunta deja de ser: ¿qué sabemos sobre los valores?
Y pasa a ser: ¿qué han hecho los valores con nosotros?
¿Qué sentido tiene hablar de justicia si no impide la injusticia, de misericordia si no modera los conflictos, de honestidad si no guía nuestras palabras, o de integridad si no regula nuestra relación con el dinero y con la responsabilidad?
La diferencia entre la fe entendida como conocimiento y la fe entendida como una forma de vida reside en que esta última hace al ser humano responsable del impacto de aquello en lo que cree.
Desde este punto de vista, la reforma no consiste únicamente en modificar las leyes y las instituciones, aunque ambas sean necesarias. La institución no funciona por sí sola y la ley no puede protegerse a sí misma; ambas necesitan de una persona que las respete y crea en la responsabilidad que las sustenta. Por ello, la construcción del Estado comienza, en una dimensión esencial, por la construcción de un ciudadano que considere el cargo público como una responsabilidad confiada, los recursos públicos como un patrimonio común, la diferencia como un derecho y no como una enemistad, y la patria como una responsabilidad y no como un botín.
Esta visión adquiere una importancia aún mayor en una época en la que una palabra puede desencadenar un conflicto en cuestión de instantes, una información puede difundirse antes de ser verificada y las diferencias pueden transformarse rápidamente en polarización. En este contexto, el Corán se convierte, de acuerdo con esta perspectiva, en una fuente de referencia ética que protege al ser humano de dejarse arrastrar por las corrientes del momento: lo invita a verificar la información, le atribuye responsabilidad por sus palabras y sitúa la libertad junto a la responsabilidad, y la diferencia junto al respeto por el otro.
Por ello, el valor del pensamiento de Al-Sharafa no reside tanto en ofrecer respuestas prefabricadas como en volver a plantear la pregunta que precede a toda reforma: ¿qué clase de ser humano queremos formar? ¿Una persona que habla mucho sobre la religión o una persona cuyos actos reflejan los valores de la religión? ¿Una persona que busca imponerse sobre los demás o una persona capaz de vencer sus propias pasiones?
Los investigadores pueden discrepar respecto de algunas de las propuestas intelectuales de Al-Sharafa Al-Hammadi, algo natural en el ámbito del pensamiento. Sin embargo, el núcleo de su proyecto abre una puerta importante para revisar la relación entre el Corán y la vida, entre la fe y la conducta, y entre la religión y la responsabilidad. El pensamiento que impulsa al ser humano a revisar primero su propia conducta antes de juzgar a los demás y a transformar los valores en prácticas concretas pone el dedo sobre una de las raíces de la reforma.
El renacimiento no comienza cuando poseemos más medios, sino cuando contamos con el ser humano capaz de utilizarlos para el bien. Una patria no se sostiene únicamente mediante leyes, sino también mediante una conciencia que las proteja. Y la paz no se construye simplemente con la ausencia de conflicto, sino con la existencia de una ética capaz de impedir que las diferencias se transformen en odio.
De este modo, recuperar el Corán significa también recuperar el sentido del propio ser humano: una mente que reflexiona, una conciencia que vigila, una lengua que verifica antes de hablar, una mano que cumple con la responsabilidad confiada y un corazón capaz de abrirse al otro.
Cuando estos significados dejan de ser palabras que repetimos y se convierten en valores que vivimos, el Corán se transforma en una fuerza constructiva y el pensamiento reformista se convierte en un camino para recuperar al ser humano sobre cuyos hombros las naciones pueden levantarse.
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