Magdi Tantawi escribe: Cuando el agua está amenazada… el desacuerdo debe callar
En los momentos decisivos, las naciones no se miden por el grado en que sus hijos discrepan, sino por su capacidad para unirse en torno a una causa común. Y si el tema de la presa del Renacimiento Etíope se ha convertido en una cuestión existencial que no afecta solo a la seguridad nacional, sino a la vida misma, ha llegado —más bien se ha retrasado— el momento de comprender que la discrepancia política legítima no debe transformarse en enemistad con la patria.
Cuando el presidente Abdel Fattah Al-Sisi declaró que “todas las opciones están abiertas” respecto a la crisis de la presa, el mensaje fue claro: Egipto no puede aceptar ser privado de agua ni tolerar una violación de sus derechos históricos sobre el Nilo, sin importar las consideraciones internacionales o regionales. Por primera vez en años, muchos —tanto partidarios como opositores— sintieron que el Estado comenzaba a mostrar la firmeza que la opinión pública venía reclamando.
Pero la paradoja dolorosa es que esta declaración no fue recibida con un respaldo nacional amplio. Por el contrario, algunos sectores de la oposición en el extranjero —especialmente la Hermandad Musulmana y su entorno— se apresuraron a atacarla, invocando el “Acuerdo de Principios” firmado en 2015, como si el pasado fuera una excusa eterna para desacreditar cualquier paso actual, sin tener en cuenta las circunstancias cambiantes.
No estamos aquí para absolver ni condenar. Sí, el sistema ha cometido errores —algunos graves— en este y otros asuntos, y la crítica es necesaria; de hecho, es una señal de salud en cualquier nación viva. Pero lo que resulta imperdonable es cuando la diferencia con el gobierno se convierte en una sospecha de connivencia con los adversarios del país.
Quien hoy habla con el lenguaje de Etiopía, o pone en duda el derecho de Egipto a defender su seguridad hídrica, no está ejerciendo la oposición… está clavando un puñal en el costado de la nación.
La verdadera oposición patriótica no consiste en atacar cada declaración ni en desear el fracaso del Estado en la gestión de los asuntos vitales, sino en ponerse del lado de Egipto —no del régimen ni en su contra— cuando la batalla es de vida o muerte.
Sí, podemos discrepar sobre política, libertades, economía o justicia social; es el derecho de todo egipcio. Pero cuando el peligro viene de más allá de las fronteras, alinearse detrás del Estado —no del gobierno— es lo que distingue a las naciones vivas de los Estados fallidos.
Egipto necesita ahora una mente fría y una conciencia despierta; necesita una oposición nacional que no se enfrente por enemistad ni apoye por miedo, sino hijos que comprendan que este momento exige unidad, no competencia estéril.
En definitiva, si las aguas del Nilo son el torrente vital de Egipto, la unión en los momentos de crisis es su corriente de salvación.
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