Hisham al-Naggar escribe... «Los yihadistas» ante la prueba del Estado y la supervivencia

Oct 13, 2025 - 20:11
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Hisham al-Naggar escribe... «Los yihadistas» ante la prueba del Estado y la supervivencia

¿Puede transformarse el pensamiento yihadista armado en un proyecto de gobierno sostenible? ¿Representan las experiencias de los talibanes en Afganistán y de Hayat Tahrir al-Sham en Siria una «nueva etapa» que se pretende convertir en la forma aceptable para Occidente del gobierno islamista tras el fracaso de la experiencia de los Hermanos Musulmanes? ¿O estamos ante una nueva ronda en el juego de las naciones, en la que se redibujan los mapas de influencia bajo el lema de la «estabilidad y la lucha contra el extremismo»?

Tras dos décadas de guerra, los talibanes regresaron al poder, mientras que Hayat Tahrir al-Sham, dirigida por Ahmad al-Sharaa (anteriormente conocido como al-Golani), domina la escena en Siria. Una situación que refleja una transformación profunda en la estructura de las fuerzas gobernantes y en el mapa de las alianzas.

En ambos casos, observamos una transición del «activismo yihadista» —un término extendido que requiere ser desmenuzado y precisado— hacia la «gestión del Estado». Los talibanes, que libraron una feroz guerra contra Occidente y Estados Unidos, hablan hoy el lenguaje del pragmatismo y la apertura, manteniendo contactos diplomáticos con cerca de ochenta países, entre ellos China, Turquía e Irán. Por su parte, los «yihadistas» en Siria intentan presentarse como una fuerza nacional que combate el caos, después de haber sido catalogados como organización terrorista.

Aquí se manifiesta el fenómeno del «yihadista pragmático», que habla el lenguaje de los intereses y no de la imposición doctrinal. Al-Golani viste traje occidental y recibe delegaciones, mientras los talibanes negocian con Pekín y Teherán proyectos económicos, aunque dentro del país imponen un sistema conservador y restrictivo sobre las libertades y las mujeres. Parece que Occidente, tras su fracaso en la creación de un modelo de «islam democrático» a través de los Hermanos Musulmanes, ha optado por una política de «contención mediante el trato»: no otorga legitimidad plena, pero prefiere el reconocimiento y la convivencia con estos actores para evitar guerras. Un enfoque que suscita interrogantes sobre la posible existencia de un pacto no declarado que permita a grupos takfiríes gobernar zonas inestables a cambio de frenar cualquier movimiento popular que amenace los intereses occidentales y de impedir el terrorismo transnacional. Esto podría producir un modelo autoritario envuelto en ropajes religiosos que siembra las semillas de futuras explosiones.

Los talibanes parecen más cohesionados que sus homólogos sirios gracias a su entorno tribal unificado, sus recursos relativamente estables y sus relaciones equilibradas con los países vecinos. En cambio, la experiencia de al-Sharaa en Siria es frágil debido a la división sectaria y la complejidad regional entre Turquía y Catar por un lado, e Irán y Rusia por otro, además de los efectos de la guerra que han debilitado la estructura nacional. Todo ello convierte a cualquier «régimen yihadista» en una experiencia necesariamente temporal. Pero el dilema más profundo es ideológico: ambos sistemas chocan con los límites de una doctrina rígida que les impide transformarse en un Estado moderno. Pueden controlar la seguridad, pero son incapaces de construir un nuevo contrato social basado en la ciudadanía, la participación y la rendición de cuentas. Su legitimidad sigue procediendo de la «lealtad y obediencia», no de la voluntad popular. La decisión del régimen de Ahmad al-Sharaa en Siria de suspender la celebración del aniversario de la victoria de Octubre y del Día de los Mártires no parece ser una simple medida administrativa o simbólica, sino que refleja un cambio en la identidad y la pertenencia, una desconexión deliberada del marco nacional y árabe que durante décadas constituyó el núcleo del sentimiento sirio y árabe.

Así se confirma que el «régimen yihadista» en Siria avanza hacia el desmantelamiento del espíritu nacional y su sustitución por una «identidad supranacional» que sirve a la continuidad de su poder, no a la supervivencia del Estado, lo que condena el futuro de esta entidad a un aislamiento interno y a una ruptura con su entorno árabe.

Advertí sobre este proceso desde hace tiempo, en mi libro *El infierno del terrorismo local*, donde anticipé el paso de los grupos yihadistas de la confrontación al gobierno si encontraban aceptación internacional, y alerté sobre una «normalización táctica» que daría lugar a entidades híbridas, ni Estados civiles ni proyectos islámicos sensatos.

Talibanes y al-Sharaa pueden lograr mantenerse temporalmente, pero enfrentan crisis de legitimidad interna, estrangulamientos económicos y una crisis de identidad entre un discurso idealista y una práctica autoritaria. Lo más peligroso es que la continuidad de este modelo consolida una imagen distorsionada del islam, ofrece a las potencias una justificación para intervenir y frustra cualquier proyecto genuinamente reformista que surja desde dentro.

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