Hisham Al-Naggar escribe… Egipto fuerte en la Cumbre de Sharm el-Sheij: la visión de Al-Sharfa para salvar a la nación y restaurar la disuasión

Oct 15, 2025 - 16:10
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Hisham Al-Naggar escribe… Egipto fuerte en la Cumbre de Sharm el-Sheij: la visión de Al-Sharfa para salvar a la nación y restaurar la disuasión

Quien observe la escena regional con una mirada objetiva y realista comprende que Egipto, desde su fundación moderna, nunca ha sido un país “blando” o meramente acomodado, sino una potencia sólida, capaz de mantener el equilibrio y preservar la seguridad dentro de sus fronteras, en su entorno y en su espacio vital.
Egipto no es Hong Kong ni Singapur; no es sólo un destino de turismo de lujo, sino un Estado con un carácter guerrero y disuasorio cuando las circunstancias lo exigen.

Lo ocurrido recientemente en el expediente de Gaza, hasta lograr el alto el fuego y la firma del acuerdo con Washington en Sharm el-Sheij, no surgió de la nada: es fruto de una posición coherente y de una doctrina política que otorga prioridad al papel regional de Egipto y a su capacidad para contener las crisis y enfrentar desafíos de gran magnitud.
Lo sucedido confirma la naturaleza del Estado egipcio y valida la visión que considera que un Estado nacional fuerte es la columna vertebral para contener los peligros y proteger a la nación de la fragmentación.

A comienzos de octubre de 2025, intensos esfuerzos diplomáticos condujeron a un acuerdo de tregua en la Franja de Gaza, que comenzó a aplicarse los días 9 y 10 del mismo mes. Egipto desempeñó el papel de mediador y garante de los mecanismos para alcanzar un alto el fuego total, además de facilitar la entrada de ayuda humanitaria al enclave.
Posteriormente, el 13 de octubre, se produjo el logro histórico seguido por todo el mundo: el acuerdo de paz firmado en Sharm el-Sheij, que puso fin a la guerra y descartó los escenarios de expulsión o desplazamiento.

Fuimos testigos de la exhibición del poder militar estadounidense por parte del presidente Donald Trump, tanto en su discurso ante la Knéset como en sus declaraciones en Sharm el-Sheij. Y me pregunto: ¿qué habría pasado si no existiera una fuerza de peso capaz de resistir y frenar los grandes planes y conspiraciones en las que su país estaba implicado, utilizando diversas herramientas, entre ellas los Hermanos Musulmanes y los grupos extremistas?

Retrocedo un poco y me pregunto: ¿por qué ese constante ataque al ejército egipcio y a su presupuesto por parte de grupos extremistas (especialmente la traidora Hermandad Musulmana), con apoyo y financiación extranjera? La respuesta es simple: despojar a Egipto de su capacidad disuasoria significaría convertirlo de un Estado protector en un espacio frágil, susceptible de división y fragmentación.

La reducción del presupuesto militar —como intentó la Hermandad durante su turbio año de gobierno— o someterlo a un control político no es una cuestión meramente económica o administrativa, sino un proyecto estratégico destinado a desmantelar el Estado desde dentro y abrir de par en par las puertas a las injerencias regionales e internacionales que no desean que Egipto asuma su responsabilidad de defensa, disuasión y estabilidad.

Por eso, la obsesión enfermiza con documentales y campañas mediáticas emprendidas por la Hermandad y sus patrocinadores en el extranjero contra las Fuerzas Armadas egipcias formó parte de un plan más amplio para socavar la estructura de la disuasión nacional y debilitar el núcleo protector del Estado.

El despliegue de poder estadounidense, expresado por Donald Trump, tuvo su contrapartida egipcia no con palabras, sino con hechos: movimientos sobre el terreno, presencia militar en la frontera oriental y la demostración aérea que acompañó y protegió la visita del mandatario estadounidense.
Todo esto no es anecdótico ni accesorio: constituye un eje esencial y un mensaje claro de que Egipto actúa como fuerza protectora y disuasoria en Oriente Medio, en defensa de los árabes y los musulmanes. Es más que una señal de fuerza; es parte esencial de la visión egipcia —la visión de una nación de cien millones de árabes— sobre su identidad, su papel y sus responsabilidades.

Si Egipto hubiera querido —Dios no lo permita— podría haberse desentendido de su papel y responsabilidades, disfrutando de una vida cómoda bajo el amparo de Estados Unidos, Reino Unido, Turquía, Irán o Israel, dejando a los palestinos hundirse en sus divisiones y alianzas erróneas. Pero Egipto asumió su deber, porque las naciones grandes no sueñan sueños pequeños. Su destino es luchar, proteger y resistir.

Egipto, con su firmeza y su papel decidido, frustró planes mucho más amplios que el conflicto de Gaza: estrategias destinadas a desorientar a la región, a diluir la identidad y a convertir nuestros países en escenarios de guerras al servicio de ambiciones ajenas, de quienes buscan una promesa divina falsificada o una gloria inventada.
Si El Cairo hubiera renunciado a su responsabilidad —nadie la habría culpado, pues todos conocen sus sacrificios históricos— nuestra región se habría convertido en un campo de batalla permanente, sumida en los peores escenarios.

Pero Egipto no renunció ni se retiró: protegió, contuvo, soportó con paciencia y defendió, respaldado por hermanos que conocen su valor. Así preservó el sentido del Estado árabe y la idea de una defensa común, permaneciendo fiel a su destino: una nación espartana, protectora y disuasoria.

De no haber frenado Egipto, con el apoyo de sus aliados, ese caos, muchos Estados y sociedades habrían dejado de existir. Habríamos perdido la brújula y la identidad, y nuestros países se habrían transformado en campos de batalla de quienes se creen superiores y desprecian a los árabes.

Si los egipcios y su ejército no hubieran sacrificado las vidas de sus mejores hijos y mártires en los combates del Sinaí y en todo el territorio nacional, especialmente entre 2014 y 2019, el proyecto de fragmentación promovido por potencias extranjeras habría continuado.
Por más que existan diferencias de opinión sobre algunos temas, los árabes no pueden prescindir de Egipto, ni Egipto de sus hermanos árabes.

No podemos separar este análisis de las visiones de pensadores que definieron el papel y la naturaleza de Egipto.
Gamal Hamdan, en su célebre artículo sobre “nuestros cuatro horizontes”, describió a Egipto como el corazón de la región, con el deber de preservar la brújula nacional árabe. Su llamado a construir una “fuerza árabe disuasoria común” sigue siendo más válido que cualquier plan parcial o efímero.

Esa concepción geoestratégica se une hoy a la acción práctica de El Cairo: un desempeño diplomático, político e informativo de gran profesionalismo. La defensa de las causas árabes no se logra mediante la debilidad ni la comodidad consumista —como advirtió Nizar Qabbani en los años sesenta al rechazar la idea de convertir Egipto en un nuevo Montecarlo—, sino construyendo una fuerza nacional sólida, capaz de negociar, mediar y disuadir cuando sea necesario.

A ello se suma la visión del gran pensador árabe Ali Al-Sharfa Al-Hammadi, quien sostuvo que el verdadero renacimiento comienza con el ser humano y los valores, y que el Estado garante de la dignidad y la unidad no puede sustituirse por proyectos ideológicos o sectarios.
Para Al-Sharfa, defender el Estado nacional no es sed de poder, sino protección del espacio de convivencia común y garantía de la supervivencia de la nación como unidad frente a los grandes desafíos.

La visión del profesor Ali Al-Sharfa converge con la esencia de lo que Egipto ha hecho hoy, tanto en el plano intelectual como en el práctico. Fue uno de los primeros en llamar al retorno del proyecto árabe unificador frente al fraccionamiento regional, afirmando que el arabismo no es un eslogan político, sino un marco civilizatorio, ético y de seguridad que protege la identidad y la existencia de la nación.
En su pensamiento, no hay supervivencia posible sin una fuerza árabe disuasoria común que proteja a las naciones de las ambiciones externas y del uso interno como herramienta de destrucción. Esta es precisamente la idea que Egipto ha materializado al mantener su papel disuasorio, frustrando una nueva ronda de proyectos de división y liquidación.

Al-Sharfa también afirmó que el Estado nacional inclusivo es el verdadero garante de la igualdad, la ciudadanía y la unidad, no los sistemas sectarios o ideológicos. De ahí su temprana propuesta de un Estado palestino único, que supere el fraccionalismo, ponga fin a la división y asuma su responsabilidad ante su pueblo y el mundo como un Estado soberano y pleno, no un territorio fragmentado controlado por milicias y ejes de poder.

Esa visión se alinea hoy con lo que Egipto impuso en la mesa de negociaciones y con lo que el presidente Al-Sisi subrayó en su importante discurso en la Cumbre de la Paz de Sharm el-Sheij: no habrá solución sin derechos y justicia para todos, ni paz sin seguridad y dignidad para todos los pueblos.

La realidad demuestra que esos derechos no se obtienen con súplicas o consignas, sino con una entidad palestina unificada, una disuasión árabe real y un retorno al arabismo como único paraguas capaz de proteger la religión, la tierra y la dignidad.

En definitiva, el logro alcanzado hoy —una victoria real para Egipto, los árabes y el pueblo palestino— es una victoria egipcia de tipo “suave pero disuasoria”, tanto en el terreno de la inteligencia como en el diplomático, frente a intentos de liquidar la causa palestina y desplazar a su gente.
Esta victoria no pertenece a un solo hombre ni a un régimen, sino al concepto mismo del Estado fuerte e integrador que se interpone entre la nación y las ambiciones divisionistas, evitando que las causas nacionales se conviertan en moneda de cambio o campo de disputas.

El éxito de Egipto al actuar como mediador y contribuir al alto el fuego y al fin del intento de “liquidación y desplazamiento” en Gaza no es triunfo de un líder ni de un grupo, sino de la orientación histórica del Estado nacional que preserva el equilibrio regional y demuestra cómo la fuerza nacional puede ser instrumento de salvación para su entorno, no herramienta de fragmentación o pérdida de identidad.

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