Cuando el ser humano lee el Sagrado Corán lejos de los posos de la historia y al margen de los conflictos políticos y sectarios, descubre una gran verdad que ha estado ausente en gran parte del discurso religioso: que el Corán no vino a sembrar enemistad entre los seguidores de las revelaciones divinas, sino a retornar a la humanidad al origen del mensaje divino que comenzó desde la creación del hombre y se sucedió a través de los profetas hasta culminar con el Sagrado Corán.
Quien reflexiona sobre los versículos coránicos observa que la mención a Jesucristo, hijo de María (la paz sea con él), se enmarca en la honra, el respeto y la veneración. El Corán lo describe como una Palabra de Dios, un Espíritu procedente de Él, un noble Mensajero y alguien ilustre en este mundo y en el Más Allá, además de pertenecer a los allegados a Dios. Asimismo, confirma que Dios le otorgó el Evangelio como guía y luz, lo fortaleció con el Espíritu Santo e hizo de su llamada una misericordia para los hijos de Israel y una guía para la humanidad.
El Altísimo dice:
«Y enviamos, tras ellos, a Jesús, hijo de María, confirmando lo que había antes de él en la Tora. Y le dimos el Evangelio, en el cual hay guía y luz, confirmando lo que había antes de él en la Tora, y como guía y exhortación para los temerosos de Dios.»
Este testimonio coránico no es una cortesía hacia nadie ni un intento de acercamiento a expensas de la fe, sino una verdad que el propio Corán establece. Un musulmán no puede creer en el Corán y luego ignorar lo que en él se menciona sobre Cristo, el Evangelio o María (la paz sea con ella).
A lo largo de largos siglos, los musulmanes se alejaron de la metodología coránica al convertir muchas de sus posturas hacia el cristianismo en fruto de conflictos históricos y no en el resultado de la reflexión sobre el Libro de Dios. Del mismo modo, muchos cristianos se abstuvieron de leer el Corán desde su interior y se limitaron a lo que se les transmitió sobre él. Así se mantuvieron distancias astronómicas de incomprensión, alimentadas por la política, avivadas por las guerras y consolidadas por los discursos del fanatismo.
El Corán, sin embargo, convoca a otro camino. No inicia su discurso sobre los cristianos con enemistad, sino que cita ejemplos de entre la gente del Evangelio a quienes elogia, diciendo el Altísimo:
«Y verás que los más cercanos en afecto a los creyentes son los que dicen: "Somos cristianos". Esto se debe a que entre ellos hay sacerdotes y monjes, y a que no son soberbios. Y cuando escuchan lo que ha sido revelado al Mensajero, ves que sus ojos se inundan de lágrimas al reconocer la Verdad.»
El Corán establece también una gran regla para la relación con los no musulmanes, diciendo:
«Dios no os prohíbe ser piadosos y equitativos con quienes no os han combatido por causa de la religión ni os han expulsado de vuestros hogares. Ciertamente, Dios ama a los justos.»
No se trata de un mero llamado a la coexistencia, sino a la benevolencia (al-birr), la cual es más amplia que la justicia pues abarca la bondad, la misericordia y el buen trato. De ahí que el Corán establezca una nueva base civilizatoria para la relación entre musulmanes y cristianos: que el ser humano sea tratado según su justicia y sus valores éticos, no por su mera pertenencia.
El Corán jamás convirtió la diferencia religiosa en un pretexto para la injusticia, sino que ordenó ser justos incluso con quienes diferimos, como dice el Altísimo:
«Que el odio hacia un pueblo no os incite a no ser justos. Sed justos, pues eso es lo más cercano a la piedad.»
Este versículo por sí solo basta para erradicar múltiples formas de fanatismo que han desgarrado a las sociedades, dado que la justicia en el Corán no es un derecho reservado a los amigos, sino a todo ser humano.
Además, el Corán no insta a imponer la fe por la fuerza, sino que decreta la libertad de elección con claridad:
«No hay coacción en la religión.»
Y añade el Altísimo:
«¿Acaso vas tú a obligar a la gente a que sean creyentes?»
La verdadera fe no nace bajo la presión de la espada ni a la sombra de la coacción, sino que brota de la convicción, la conciencia y la reflexión.
Hoy en día, tras haber pagado un alto precio a causa de las guerras, el odio y el fanatismo, la humanidad necesita regresar a este discurso coránico que apela al ser humano antes que a la secta, y a la conciencia antes que a la identidad. El Corán no pretende que las personas sean una copia idéntica, sino que se conozcan unas a otras:
«¡Oh, humanidad! Os hemos creado a partir de un varón y de una hembra, y os hemos constituido en pueblos y tribus para que os conozcáis unos a otros.»
El conocimiento mutuo en el concepto coránico no es un mero saber de nombres o naciones, sino el reconocimiento pleno del ser humano por el ser humano, el respeto a su dignidad y la cooperación en todo aquello que procure el bien de la humanidad.
Por ello, el acercamiento islámico-cristiano no es un proyecto político, ni una renuncia a las doctrinas, ni un intento de fusionar las religiones; es un retorno sincero al Sagrado Corán, que ordena creer en todos los mensajeros, honra a Cristo y a su madre María, y hace de la justicia, la misericordia, la benevolencia y la bondad la base de las relaciones humanas.
Ha llegado el momento de que el musulmán lea el Corán tal como Dios lo reveló y no como lo moldearon los conflictos históricos, y de que el cristiano lea el Corán por sí mismo para descubrir la posición elevada que Dios otorgó en él a Cristo y a su madre.
El mundo no necesita más discursos de odio; necesita un discurso que devuelva al ser humano su humanidad y haga de la religión un medio para revivir la conciencia, no para encender conflictos.
Esta es la lección del Corán y el mensaje al que invitamos: que la fe sea motivo de misericordia, que la divergencia sea una puerta al conocimiento mutuo, que la justicia sea la balanza del trato y que el ser humano se mantenga honrado tal como lo dispuso su Creador.
La verdadera paz no empieza en las mesas de la política; comienza en la rectificación del pensamiento y en el retorno al Libro de Dios, que dispuso que los hombres vivan como hermanos en la humanidad, compitiendo en la benevolencia y la bondad, discrepando con educación, dialogando con sabiduría y haciendo de los valores divinos el camino para construir un futuro donde prevalezcan la seguridad, la justicia y la paz.