Tres mujeres en el ruedo: un histórico paseíllo

Sep 21, 2025 - 20:21
Sep 21, 2025 - 20:21
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Tres mujeres en el ruedo: un histórico paseíllo

Cuando un torero pisa el albero, sólo hay un toro, un capote, el miedo y la responsabilidad. Y eso no entiende de sexos, edades o nombres. Habitualmente, ese momento lo protagonizan hombres y son pocas las valientes que deciden adentrarse en los abismos inescrutables de un ruedo, con todo lo que ello conlleva. Esa imagen cambió por completo el pasado fin de semana en la en la plaza de toros de Salamanca. Léa Vicens, Raquel Martín y Olga Casado trenzaban el paseíllo en una inusual imagen.

Cada una llevaba a sus espaldas sus carreras, sus esfuerzos, sus sueños, y su lucha en un mundo tan difícil, tan complicado, donde hay tan pocas plazas. Luchan con las mismas armas, con su verdad, capacidad y entreno, porque viven por y para el toro, ese que pone a cada uno en su sitio, sin entender de nada que no sea la total entrega. «El toreo es talento, valor, capacidad…», así lo entiende Léa Vicens. «Por eso, yo no he sufrido nunca de machismo, y de eso ya no hay en el mundo del toro», porque cuando sacrificas toda tu vida y trabajas mucho, te respetan, independientemente del sexo. «Mis compañeros ven la cantidad de horas que paso entrenándome, los caballos que los estoy domando yo, y eso lo respetan y te valoran». ¿Y por qué hay tan pocas mujeres? Léa tiene la respuesta, entre risas: «Será porque a lo mejor a ellas no les apetece meterse en esto, porque es muy sacrificado. No es porque el hombre le diga que no. Nosotras no tenemos trabas, es porque hay que ser muy raro para meterse en esto, y siendo mujer, más rara todavía».

Olga Casado no lo ve así, y no entiende por qué no hay más chicas. Como decía Vicens, ningún hombre lo impide, y «no sé por qué no se quieren dedicar a querer ser torero, porque yo soy mujer y yo sí que me quiero dedicar a ello. Es mi sueño, mi pasión. Es un mundo muy duro, muy difícil, muy ingrato, casi imposible… Pero yo como mujer sí lo estoy intentando, y voy hasta el final», explica Casado, que señala que «yo estoy toreando con hombres siempre, quitando en Salamanca. No creo que sea una profesión de hombres y mujeres, sino de toreros». Lo mismo piensa Léa: «Los toreros se deben de valorar por su talento, no por su género».

«En las estadísticas somos poquitas, quizás porque se ha visto poco la imagen de una mujer en el ruedo, y a lo mejor se atreven menos chicas a querer dar el paso de intentarlo», dice al respecto Raquel Martín, que tampoco ha visto discriminación alguna. Desde que empezó en la escuela taurina de Salamanca, tras ver una corrida en Santander en 2017, siempre ha sido una alumna más. «Al final todos estamos en la misma lucha, por el mismo sueño, y no creo que tengamos que tener trato de favor ni muchísimo menos, como tampoco lo tenemos en contra», explica. Recuerda a las mujeres toreras que han abierto el camino a las que ahora están intentando caminar en él, y, gracias a eso, «hoy día se valora lo que se hace en el ruedo. Creo que somos respetadas como cualquier otro novillero y yo estoy muy orgullosa de ello».

Aunque este año las cosas estén funcionando bien, siempre se pide un poco más. Pero ahí el problema viene porque «las novilladas están limitadas y es difícil para todos, no sólo para nosotras. Al final, yo siempre he considerado que soy una más del escalafón, no tengo menos oportunidades que ningún otro compañero». Muchos empezaron como ella: sus padres son aficionados y desde pequeña ha ido a los toros. «Pero le voy a contar una anécdota: tengo un hermano tres años menor que yo, y cuando éramos pequeños, el que quería ser torero y el que se disfrazaba era él. A mí me gustaban un montón, y lo disfrutaba muchísimo, pero no lo veía tan intensamente desde tan pequeña». Sólo que, en aquella tarde en el coso de Cuatro Caminos, algo cambió para Raquel, que se empezó hacer una pregunta: «¿Por qué una persona se pone delante de un toro, aún sabiendo el riesgo que tiene? Para mí el valor que tenía un torero cobraba otro sentido, y yo quería descubrir ese sentido, ese sentimiento que alberga alguien delante de un toro. Entonces fue cuando les pedí a mis padres que me dejaran apuntarme a la escuela taurina de Salamanca».

Algo más tarde le entró el veneno taurino a Léa. Estaba ya estudiando la carrera, con las ideas muy claras: «Yo no estaba dispuesta a otra cosa que a estudiar y tenía una meta muy nítida: trabajar en parques naturales y veterinaria de animales grandes, en parques de África». Pero el toro descompuso esos planes: «Asistí a una corrida en Nimes –su ciudad– y me entró magia en el cuerpo». Ahora los chavales empiezan con doce años en las escuelas taurinas, dejan los estudios, «pero yo lo hice al revés. Primero estudié y me formé, y luego empecé con este reto. Yo creo que es fundamental tener estudios. En la vida y en el toreo». Y entonces decidió ser rejoneadora, por su amor a los caballos: «Casi antes de caminar ya estaba en un caballo. Son mi pasión, mi refugio, mi todo».

Por amor a los animales también comenzó Olga Casado. En su caso, fue por la admiración que comenzó a sentir por el toro de lidia: «Mi pasión nace por el amor al propio animal y ya ahí intenté investigar». Además, su familia nada tenía que ver con la tauromaquia: «Mi madre veía a veces algunas novilladas en mi pueblo, y a mi padre no le gustaban los toros». El día de su dieciséis cumpleaños, se apuntó a la escuela taurina El Yiyo, «y hasta ahora». Gracias a eso, sus padres se han acercado a la Fiesta con otra visión: «Ahora mi madre es mucho más aficionada. Ve novilladas, corridas… ¡Se conoce a todo el mundo, vaya! Y a mi padre ya sí le gustan los toros».

Para la amazona francesa la principal diferencia entre el rejoneo y el toreo a pie es que «quizá hay más trabajo en el rejoneo. Yo entreno todos los días del año con todos los caballos (más o menos, catorce al día). No sacas el capote, la muleta y entrenas de salón; esto mío lleva todo el día entero, sin parar». Pero luego tiene su recompensa cuando las cosas salen en la plaza, como ocurrió con el primer toro de Sánchez y Sánchez en Salamanca, al que cortó una oreja: «Disfruto cuando ya me abandono, el caballo se expresa, y paso a verlo muy fácil todo. Ahí hay como una unión entre público, caballo, toro, y yo misma como jefe de orquesta. Esos momentos son muy difíciles de explicar, porque son sentimientos. Y después te sientes como alguien diferente porque son cosas indescriptibles». La segunda fue una faena más de aficionados por las condiciones del parado astado, «y en esas faenas hay que resolver las complicaciones con técnica. Pero, cuando todo fluye, ahí torea tu alma».

Léa Vicens en el callejón de Salamanca

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