Magdy Tantawy escribe… Doctor Madbouly… ¿debemos esperar que cambie?

Jan 6, 2026 - 19:32
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Magdy Tantawy escribe… Doctor Madbouly… ¿debemos esperar que cambie?

¿Esperamos un cambio en el actual gobierno y le decimos: gracias, su saldo ante el ciudadano se ha agotado? ¿O la crisis es más profunda que simples personas y gobiernos? ¿Es posible que llegue un verdadero gobierno político, no solo tecnócrata, un gobierno que posea visión, imaginación y audacia, y que utilice lo disponible no para lograr cifras sobre el papel, sino para hacer posible lo que los egipcios pueden realmente alcanzar… ese “posible” que los saque del estado de carencia, presión y bloqueo? ¿O sigue existiendo la firme creencia de que “aún hay flecha en el carcaj” y que la calle egipcia, por más que se intensifique la presión sobre ella, seguirá en silencio, aceptando y soportando hasta el infinito?

Esta pregunta es el núcleo del momento actual: no es ira ni incitación, sino una lectura racional de una realidad en la que el dolor se acumula, los espacios para respirar se estrechan y la energía de la paciencia se agota. Es sabio no quebrar tu propia autoridad recurriendo a la fuerza, porque la fuerza, cuando se convierte en un instrumento de presión permanente, pierde su significado moral y pasa de ser un medio de protección a una causa de colapso. La verdadera autoridad no nace de la brutalidad, ni de alzar la voz, ni del constante alarde de poder; nace de la justicia, de la capacidad de autocontrol y del respeto del ser humano por los límites de la autoridad que posee.

La presión continua no es una prueba de fortaleza; en la mayoría de los casos es un indicio de miedo interno. El verdaderamente fuerte no necesita demostrar su fuerza a cada instante ni recordar a la gente el poder que tiene, porque su sola presencia basta. Quien abusa del uso de la fuerza consume poco a poco su capital moral, hasta que, cuando necesita autoridad, ya no la encuentra.

La fuerza que no está regulada por la razón se convierte en tiranía, y la tiranía, según la ley de Dios, tiene como destino la desaparición. Dice el Altísimo: “Dios no ama a los injustos”, y dice también: “Y destruimos aquellas ciudades cuando cometieron injusticia, y fijamos para su destrucción un plazo”.

Estos versículos no hablan solo de individuos, sino también de sistemas, autoridades y relaciones humanas. La injusticia no se limita al derramamiento de sangre; puede manifestarse en la opresión constante, en la presión psicológica, en quebrar los ánimos y en cerrar las puertas de la esperanza ante la gente. La presión continua genera explosión; esta es una regla humana antes de ser política o social. El ser humano, por naturaleza, soporta hasta cierto límite; cuando ese límite se sobrepasa, la paciencia se transforma en ira, la obediencia en rechazo y quizá en rebelión.

Por eso, la sabiduría en la gestión y en el liderazgo consiste en dejar siempre un espacio para respirar. La verdadera autoridad no significa miedo, sino respeto, y la diferencia entre ambos es enorme: el miedo es un sentimiento temporal que desaparece al desaparecer su causa, mientras que el respeto permanece incluso en ausencia de la fuerza. Por ello, el Mensajero —la paz sea con él— fue respetado no porque oprimiera a la gente, sino porque fue justo, misericordioso y sincero. Dice Dios: “Por misericordia de Dios fuiste amable con ellos; y si hubieras sido áspero y duro de corazón, se habrían alejado de ti”. Este versículo resume la filosofía de la fuerza en el islam: la rudeza y la dureza no construyen un Estado, no preservan una comunidad ni crean lealtad; más bien generan una fragilidad interna que espera el primer golpe para derrumbarse.

También es sabio comprender que la fuerza es un recurso que puede agotarse: si se abusa de ella fuera de su lugar, su efecto se debilita y la gente pierde sensibilidad ante ella; incluso puede desafiarla y atreverse contra ella. Pero si se usa con mesura y en su justo lugar, se vuelve escasa, respetada y eficaz. El responsable prudente es quien sabe cuándo usar la fuerza y cuándo dar un paso atrás para preservar la autoridad, porque a veces una retirada calculada es más poderosa que un avance ciego, y el silencio sensato es, en ocasiones, más elocuente que el grito.

En conclusión, la autoridad no se quiebra cuando se renuncia a algunas manifestaciones de fuerza; se quiebra cuando la fuerza se vacía de su significado moral. La presión constante genera colapso, mientras que la justicia genera estabilidad. La sabiduría consiste en elegir el camino que te mantenga fuerte sin destruir a quienes te rodean y sin destruirte a ti mismo.

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