Magdy Tantawi escribe El islam por encima de las personas
¡Qué grandiosa es esta religión que no se basa en los nombres ni valora a las personas por sus turbantes o títulos, sino que las mide con una sola balanza que nunca se inclina: la piedad!
En el islam no hay santidad para ningún ser humano ni infalibilidad para nadie después del Profeta fiel —la paz sea con él—. Todo sabio, predicador o jurista es un ser humano que puede acertar o errar; se acepta lo correcto de sus palabras y se rechaza lo equivocado, porque la referencia suprema en nuestra religión es la verdad, no las personas.
El islam no necesita de quien lo defienda cuando algunos de sus seguidores cometen errores, pues esta religión, preservada por Dios en un Libro al que no puede acercarse la falsedad ni por delante ni por detrás, no se tambalea por la caída de un siervo ni por el tropiezo de un predicador.
Puede que el exhortador se equivoque en su conducta o que el pensador se desvíe en su opinión, pero el sol del islam sigue brillando sin ponerse jamás: los hombres yerran bajo su luz, pero ella permanece pura y libre de sus imperfecciones.
¿Cuántos hombres portaron la bandera de la religión y luego cayeron? ¿Acaso cayó la religión con ellos?
¿Y cuántos hablaron en nombre del islam y erraron en palabra o acción? ¿Acaso cambió el islam por eso?
La religión no se mide por las acciones de sus seguidores, sino que se conoce por su esencia, la cual no alteran las dudas ni empañan las tormentas mediáticas.
Quienes confunden el error de una persona con la esencia de la fe se hacen daño a sí mismos antes que a la verdad. El islam es una religión que llama a la justicia incluso con los adversarios y a la equidad incluso con los discrepantes. ¿Cómo, entonces, vamos a cargarle las faltas de quienes no lo representan?
Que fulano o mengano vaya donde su destino le lleve: cada uno será responsable ante su Señor de sus propios actos. El islam, en cambio, permanecerá mientras existan los cielos y la tierra; no lo perjudican quienes se oponen a él ni lo ennoblecen quienes aparentan seguirlo sin vivir su espíritu.
La grandeza no está en las personas, sino en el mensaje; la eternidad no está en los nombres, sino en los valores. Y el islam seguirá siendo, tal como lo reveló Dios, una luz que ninguna campaña de difamación podrá apagar, una justicia que ningún tirano podrá cubrir, y una misericordia que abarca incluso a quienes lo combaten.
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