Magdy Tantawi escribe: Cuando callaron las lenguas... y la sangre gritó en Irak

Oct 7, 2025 - 08:57
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Magdy Tantawi escribe: Cuando callaron las lenguas... y la sangre gritó en Irak

En la mañana de la Fiesta del Sacrificio, mientras los musulmanes de oriente a occidente se preparaban para el takbir, el tahlil y el sacrificio en busca de la cercanía de Dios, el mundo árabe despertó ante una escena imborrable: la ejecución de Saddam Hussein.

El hombre fue sacrificado como se sacrifican las ofrendas, pero no en un día cualquiera, sino en el primer día del Eid, en un mensaje cargado de simbolismo que pretendía mostrar la derrota en el momento de la celebración y la humillación en el instante que debía ser de dignidad y elevación.

Aquel suceso, ocurrido el 30 de diciembre de 2006, no fue simplemente el final de un gobernante que dirigió Irak con mano de hierro, sino el comienzo de una era sangrienta en la que se derramó tanta sangre inocente que las palabras no alcanzan a describirlo. Estalló el sectarismo y desgarró el tejido unitario de Irak, convirtiéndolo en territorios de muerte, miedo y destrucción.

Pero la pregunta más importante que aún resuena en las mentes de muchos es:

¿Dónde estaban las voces sunitas que solían llenar el espacio árabe con gritos y lamentos, clamando venganza y compitiendo en acusaciones contra los demás?

¿Dónde estaban esas lenguas que nunca cesan de culpar a Egipto y a otros países por cada demora o prudencia?

¿Por qué callaron cuando se derramó la sangre de un presidente árabe sunita, y cuando después corrieron ríos de sangre inocente en Irak?

¿Fue su silencio impotencia? ¿O una aceptación tácita de lo sucedido? ¿O es que las proclamas ardorosas solo se usan cuando Egipto está en el centro de la decisión, y cuando los sacrificios se exigen únicamente a su ejército y a su pueblo?

Egipto nunca fue enemigo de los árabes. Siempre fue el apoyo en tiempos de crisis y el escudo cuando las fortalezas caían. Luchó guerras, ofreció sangre y soportó más allá de sus fuerzas por las causas árabes, desde Palestina hasta Irak, y desde Líbano hasta Sudán.

Pero cuando se le pide lanzar a sus hijos al fuego de una guerra que no responde a su decisión nacional, llueven las acusaciones y se alzan las banderas de la traición.

En cambio, cuando ocurrió la catástrofe en Irak, no vimos llamados a la guerra, sino silencio, posturas tímidas y frases vacías como *“lamentamos”* o *“condenamos”*, mientras Bagdad era saqueada, Faluya bombardeada y Mosul entregada, como si Irak no les importara o como si lo ocurrido fuera un asunto interno que no merece el ruido de los eslóganes.

La escena de la ejecución de Saddam Hussein fue una prueba para el mundo árabe, y muchos fracasaron en ella, no porque no dispararon una bala, sino porque ni siquiera alzaron su voz por la verdad. Y cuando la voz se ausenta ante la verdad, el silencio se convierte en traición.

Al final, lo que necesita la nación árabe no es ruido mediático ni competiciones políticas, sino posturas auténticas, acción unida y una mirada más profunda hacia el futuro. Saddam murió, pero Irak sigue desangrándose, Siria arde, Yemen se desintegra, Libia gime y los palestinos permanecen solos en el campo.

¿Hasta cuándo seguirán dormidas las lenguas?

¿Y cuándo se alzarán las voces, no con gritos, sino con sabiduría y responsabilidad?

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