Magdi Tantawi escribe: Egipto… el país que solo se inclina para levantarse
En medio de las discrepancias que atraviesa la región árabe, surgen de vez en cuando voces dominadas por la inmadurez política, que sustituyen el diálogo por la insinuación y el debate por la provocación, como si las relaciones entre los Estados se gestionaran bajo la lógica de la rivalidad y no de la sabiduría.
En el corazón de este panorama, Egipto, con su peso histórico y su papel regional, sigue siendo blanco de insinuaciones o burlas por parte de quienes aún no comprenden que la grandeza no se mide por el ruido, sino por la acción y la influencia. La experiencia, incluso antes de la historia, ha enseñado que cuando Egipto guarda silencio no es por debilidad, y cuando se inclina, lo hace para levantarse.
Este país, que ha cargado sobre sus hombros las preocupaciones de la nación árabe durante décadas, nunca ha comercializado sus posturas ni ha especulado con sus principios, y jamás ha abandonado a sus hermanos, ni siquiera en las circunstancias más difíciles. Si alguna vez su espalda se ha curvado, ha sido por el peso de la responsabilidad, no por debilidad o cansancio.
Los grandes Estados no caen; saben cuándo esperar, cuándo hablar y cuándo volver a liderar. Quien crea que la historia se escribe con abundancia de dinero o de consignas, debe saber que la historia no se compra: se construye. Egipto ha pagado el precio de su gloria con sudor y sangre, no con promesas ni conferencias.
Esta tierra, que engendró el primer Estado del mundo, formó el primer ejército y erigió la primera civilización, no necesita el reconocimiento de nadie. En el diccionario egipcio, la fuerza no significa exhibición ni amenaza, sino firmeza y equilibrio. Quien observe sus políticas sabrá que El Cairo no responde a los pequeños; actúa con la sabiduría del Estado que conoce su propio valor y protege su seguridad nacional sin caer en provocaciones ni disputas mediáticas.
Egipto ha construido sus relaciones exteriores sobre la base del respeto mutuo, y ha tendido su mano a todo aquel que busque una asociación basada en intereses comunes, no en rivalidades pasajeras. Por mucho que algunos intenten menospreciarla o poner en duda su papel, su presencia constante en todos los asuntos árabes e internacionales confirma que sigue siendo el centro de gravedad en su entorno y el garante de la estabilidad en una región que aún busca su equilibrio perdido.
Que hablen las lenguas cuanto quieran… Egipto es demasiado grande para responder y demasiado noble para dejarse llevar por las emociones. Seguirá siendo, como siempre, el país que enseña a los demás cómo combinar la fuerza con la sabiduría, cómo ejercer un liderazgo responsable y no arrogante, y cómo lograr que la palabra egipcia, cuando se pronuncia, sea escuchada con respeto, no con debate.
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