Ali Muhammad Al-Shurafa Al-Hammadi escribe: El retorno al discurso divino… el camino hacia el renacimiento de la nación y la recuperación del espíritu del Islam
En medio del caos intelectual y la multiplicidad de voces que hablan en nombre del Islam, se ha desvanecido el mensaje divino puro que Dios reveló como luz y guía para toda la humanidad. La llamada “reforma del discurso islámico” se ha convertido en un terreno de debates estériles que no tocan la esencia del problema: el alejamiento del discurso coránico auténtico que el profeta Muhammad ﷺ llevó a toda la gente. Lo que la nación necesita hoy no es una corrección formal ni una renovación estilística, sino un retorno al origen: al discurso divino que obtiene su luz del Sagrado Corán, fuente de la legislación divina y camino de justicia, misericordia e igualdad.
El discurso divino es la antorcha que ilumina las mentes y abre los corazones, disipando las tinieblas de la ignorancia y la discordia, devolviendo al ser humano a la esencia de la religión tal como Dios la quiso. El Islam llegó como un mensaje universal y humanista que desconoce toda forma de discriminación. Dios dijo:
“Oh humanidad, os hemos creado de un hombre y una mujer y os hemos hecho pueblos y tribus para que os conozcáis unos a otros. En verdad, el más noble de vosotros ante Dios es el más piadoso”.
Con este versículo, Dios estableció el principio de la igualdad y anuló cualquier pretensión de superioridad étnica, religiosa o sectaria, haciendo de la piedad el único criterio de excelencia.
Dios no concedió honor a una nación o grupo por encima de otro, sino que ennobleció al ser humano por su razón y su responsabilidad moral:
“Y ciertamente hemos honrado a los hijos de Adán, los llevamos por tierra y mar, les proveímos de cosas buenas y los preferimos sobre muchas de nuestras criaturas”.
Este versículo derrumba todas las falsas ideas de supremacía que han sembrado conflictos entre los pueblos, y devuelve a la humanidad el justo equilibrio que Dios estableció para todos Sus seres.
El Mensajero ﷺ fue el transmisor fiel del discurso divino. Llevó el mensaje con sabiduría y buena exhortación, invitando a un Islam que protege los derechos y establece la justicia entre las personas. Pero tras su fallecimiento se infiltraron narraciones contradictorias e interpretaciones enfrentadas; la verdad se mezcló con la falsedad y el Corán fue abandonado en la vida cotidiana, como lo expresó el propio Mensajero:
“Y el Mensajero dijo: ¡Oh Señor mío! Mi pueblo ha abandonado este Corán”.
Ese abandono fue causa de la debilidad del discurso islámico y de la fragmentación de la nación, pues la religión se transformó en consignas y sectas enfrentadas, perdiéndose el espíritu del mensaje divino.
La llamada reforma del discurso islámico solo será posible mediante el retorno al discurso coránico puro, origen del mensaje y fuente de toda legislación. El Corán es la constitución eterna que regula la vida humana en la paz y en la guerra, en la adoración y en las relaciones, en los derechos y deberes. Ordena la justicia y la benevolencia, y llama a la tolerancia y la cooperación entre todos los seres humanos sin distinción, conforme a Su palabra:
“En verdad, Dios ordena la justicia, la benevolencia y la ayuda a los parientes, y prohíbe la indecencia, el mal y la opresión”.
El Islam estableció las bases de la cohesión social y de la unidad de la comunidad en tres versículos esenciales:
“Aferráos todos juntos a la cuerda de Dios y no os dividáis”,
“Obedeced a Dios y a Su Mensajero, y no disputéis, pues fracasaríais y perderíais vuestro poder”,
y “Ayudaos unos a otros en la virtud y la piedad, y no en el pecado y la agresión”.
Si estas tres enseñanzas se aplicaran con sinceridad, acabarían con la división y el enfrentamiento, devolviendo a la nación su fuerza, su dignidad y su posición entre las demás.
Hoy el nombre del Islam se alza por todas partes, pero la realidad muestra discrepancias y conflictos entre quienes dicen representarlo. ¿Ha cumplido alguien realmente con estos tres mandatos divinos? ¿Se ha logrado la unidad? ¿Se practica la cooperación en la virtud y la piedad? La dolorosa respuesta es no. Si los musulmanes obedecieran las órdenes de Dios, sus enemigos no los dominarían, la justicia no se habría perdido y la nación no habría caído en la humillación después de haber sido fuerte.
El Islam no es un eslogan ni un conjunto de rituales, sino un método integral de vida que llama al trabajo, al conocimiento, a la misericordia y a la justicia. Volver al discurso divino es el único camino para salvar a la nación de la división y la pérdida, y construir un futuro basado en la seguridad, la estabilidad y la paz, conforme a la palabra de Dios:
“A quienes obren bien, hombres o mujeres, y sean creyentes, les haremos vivir una vida buena y les recompensaremos con lo mejor de lo que hayan hecho”.
Es una invitación sincera a regresar a la luz divina que Dios envió a toda la humanidad, para recuperar nuestros valores y edificar sociedades basadas en la justicia, el amor y la paz.
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