Magdy Tantawy escribe: Una oficina regional de las Naciones Unidas en la Capital Administrativa: Una oportunidad estratégica para Egipto
Cuando visité la sede de la Oficina Regional de las Naciones Unidas en Viena y me enteré de que el Estado austriaco alquila este gigantesco edificio internacional por una renta simbólica que no supera un euro al año, el interrogante lógico que se impuso fue: ¿Por qué un Estado haría tal concesión aparente?
¿Es porque Austria es un país neutral?
¿O porque su población no supera los nueve millones de habitantes?
¿O acaso porque carece de un ejército fuerte?
Pero la respuesta real resultó ser totalmente diferente.
La sede emplea a cerca de cinco mil funcionarios internacionales de diversos países del mundo. Estos empleados viven en Viena, gastan sus ingresos dentro de Austria, se alojan, hacen compras, se desplazan, reciben a sus familias y dinamizan los sectores del turismo, el comercio y los servicios. Al menos la mitad de sus ingresos se inyecta directamente en la economía local.
En un sentido más preciso:
El Estado no perdió ni un solo euro, sino que ganó miles de millones indirectos anualmente. Además, ganó reputación internacional, estatus político y una presencia permanente en el mapa de la toma de decisiones global.
Esta experiencia no es única.
Recordé un edificio comercial inaugurado a finales de los noventa en la ciudad alemana de Ulm, donde el alcalde decidió alquilar el metro cuadrado por solo un euro, en un momento en que el edificio privado adyacente alquilaba el metro por diez mil euros.
La razón no era un subsidio de inversión aleatorio, sino una visión clara para dar empleo a los habitantes de la ciudad, reducir las tasas de desempleo y mover la rueda de la economía local.
De aquí surge la pregunta lógica:
¿Por qué no convertir la Nueva Capital Administrativa en sede de una oficina regional de las Naciones Unidas?
No por prestigio político ni por simbolismo, sino por puro cálculo económico.
La Capital Administrativa posee una infraestructura moderna, espacios cualificados y la capacidad de acoger a miles de funcionarios internacionales. La existencia de esta sede creará una demanda enorme de vivienda, transporte, servicios, educación internacional y turismo. Proveerá decenas de miles de oportunidades de trabajo, tanto directas como indirectas.
Asimismo, reforzará la imagen de Egipto como un país estable, abierto y socio en el sistema internacional, transformando la Capital Administrativa en un centro regional para el diálogo y la coordinación internacional.
Invertir en instituciones internacionales no es una cesión de soberanía, sino una inversión inteligente en la economía, en el capital humano y en el estatus internacional.
Si países como Austria y Alemania se nos adelantaron en esta comprensión, Egipto —con la ubicación, historia y capacidades que posee— merece aún más emprender esta experiencia y convertir la Capital Administrativa en una plataforma global que sirva a Egipto, a la región, y a la paz y el desarrollo.
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