Magdy Tantawy escribe…  El divorcio entre la cifra estadística y la condición de Dios

Jan 14, 2026 - 11:17
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Magdy Tantawy escribe…  El divorcio entre la cifra estadística y la condición de Dios

Me inquieta lo que indican las cifras del Organismo Central de Movilización Pública y Estadística, que señalan que el año 2024 registró cerca de doscientos setenta y tres mil casos de divorcio, con un promedio de setecientos cincuenta casos diarios. Es una cifra que no puede tratarse como una noticia pasajera, sino como un indicador de un desequilibrio profundo en la comprensión del matrimonio y del divorcio, y en la manera de aplicar la ley de Dios a la realidad de la gente.

La paradoja, tan chocante como reveladora, es que los casos de divorcio aumentan mientras disminuyen los contratos de matrimonio, como si la sociedad avanzara en sentido contrario a la lógica de la vida: menos matrimonios, más divorcios; hogares que se construyen con prisa y se derrumban aún más rápido. Más peligroso que la cifra es el cómo, pues el divorcio, en la mayoría de los casos, sigue produciéndose mediante una palabra que el hombre pronuncia en solitario, a distancia, sin conocimiento de la mujer, sin consulta y sin un intento real de salvación, como si el matrimonio fuera un contrato de propiedad y no un pacto solemne.

Mientras tanto, el Corán establece una condición clara e inequívoca: “Y si ambos desean la separación, de mutuo acuerdo y tras consultarse, no hay reproche sobre ellos”. Aquí la voluntad es compartida, el consentimiento es un principio y la consulta es una condición, no un lujo. En la lógica coránica, el divorcio no es una decisión individual ni un arrebato momentáneo, sino el resultado de conciencia y responsabilidad mutuas.

La pregunta esencial es: ¿cómo se transformó la palabra con la que el hombre hace lícita a la mujer en una espada levantada únicamente contra ella? ¿Y cómo desapareció de nuestra conciencia religiosa la condición del consentimiento, mientras el texto permanece memorizado sin efecto?

Sí, hay mujeres con quienes resulta imposible convivir, del mismo modo que hay hombres insoportables; pero la imposibilidad no anula la justicia, no justifica la decisión unilateral ni elimina el derecho a la consulta y a la revisión. El divorcio pronunciado a distancia no es solo un procedimiento jurídico; es una herida humana que destruye hogares, desarraiga a los niños y transforma el matrimonio de refugio en miedo.

Las cifras confirman que la mayoría de los divorcios se producen entre grupos de edad jóvenes, más en zonas urbanas que rurales, y entre quienes no han completado su madurez educativa y social, lo que demuestra que el problema no está en el texto, sino en la comprensión; no en la sharía, sino en la forma de aplicarla.

Restituir la condición divina del consentimiento y la consulta no es un lujo intelectual, sino una necesidad social. Quizá, si se aplicara esta condición, disminuirían las cifras del divorcio y la separación pasaría de ser ruptura y escándalo a una decisión consciente que preserve la dignidad y reduzca las pérdidas.

Lo que necesitamos hoy no es más discursos sobre la sacralidad del matrimonio, sino valentía para revisar las prácticas del divorcio, dejar de santificar la costumbre cuando contradice el texto, y poner fin al sesgo hacia interpretaciones que conceden a una sola parte autoridad absoluta sobre el destino de toda una familia.

Los hogares no se destruyen solo por el divorcio, sino por la manera en que se produce; y cuando la justicia desaparece, la palabra pasa de ser solución a maldición. La catástrofe continuará mientras leamos el versículo y no lo pongamos en práctica.

 

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