Magdy Tantawy escribe… El divorcio entre la cifra estadística y la condición de Dios

Jan 8, 2026 - 17:05
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Magdy Tantawy escribe… El divorcio entre la cifra estadística y la condición de Dios

Me inquietó lo que indican las cifras de la Agencia Central de Movilización Pública y Estadística, según las cuales el año 2024 registró cerca de doscientas setenta y tres mil casos de divorcio, con un promedio de setecientos cincuenta casos diarios. Es una cifra que no puede tratarse como una noticia pasajera, sino como un indicador de un profundo desequilibrio en la comprensión del matrimonio y el divorcio, y en la manera de aplicar la ley de Dios a la realidad de las personas. La paradoja impactante es que las tasas de divorcio aumentan mientras disminuyen los contratos de matrimonio, como si la sociedad caminara en sentido contrario a la lógica de la vida: menos matrimonios, más divorcios; hogares que se construyen con prisa y se derrumban con mayor rapidez. Más peligroso aún que el número es el “cómo”, pues el divorcio, en la mayoría de los casos, sigue produciéndose mediante una sola palabra pronunciada unilateralmente por el hombre, en ausencia de la mujer, sin su conocimiento, sin consulta y sin un intento real de salvar la relación, como si el matrimonio fuera un contrato de posesión y no un pacto solemne. Mientras tanto, el Corán establece una condición clara e inequívoca: “Y si ambos desean la separación, de mutuo acuerdo y tras consultarse, no hay reproche para ninguno de los dos”.

Aquí, la voluntad es compartida, el consentimiento es un principio y la consulta es una condición, no un lujo. El divorcio, en la lógica del Corán, no es una decisión individual ni un arrebato momentáneo, sino el resultado de conciencia y responsabilidad mutua. La pregunta esencial es: ¿cómo se transformó la palabra con la que el hombre hizo lícita a la mujer en una espada suspendida únicamente sobre ella? ¿Y cómo desapareció de nuestra conciencia religiosa la condición del consentimiento mutuo, mientras el texto permanece memorizado pero sin efecto?
Sí, hay mujeres con las que resulta imposible convivir, así como hay hombres insoportables; pero la imposibilidad no anula la justicia, ni justifica la unilateralidad de la decisión, ni elimina el derecho a la consulta y a la revisión. El divorcio en ausencia no es solo un procedimiento jurídico, sino una herida humana que destruye hogares, deja a los niños a la deriva y convierte el matrimonio, de refugio y sosiego, en miedo.

Las cifras confirman que la mayoría de los casos de divorcio se producen entre grupos de edad joven, más en zonas urbanas que rurales, y entre quienes no han completado su madurez educativa y social, lo que demuestra que el problema no está en el texto, sino en la comprensión; no en la ley divina, sino en la forma de aplicarla. Restituir la condición divina del consentimiento y la consulta no es un lujo intelectual, sino una necesidad social. Tal vez, si se aplicara esta condición, las cifras de divorcio disminuirían y la separación pasaría de ser una ruptura y un escándalo a una decisión consciente que preserve la dignidad y reduzca las pérdidas.

Lo que hoy necesitamos no son más sermones sobre la sacralidad del matrimonio, sino el valor de revisar las prácticas del divorcio, dejar de sacralizar la costumbre cuando contradice el texto, y abandonar la inclinación hacia interpretaciones que otorgan a una de las partes un poder absoluto sobre el destino de toda una familia. Los hogares no se destruyen solo por el divorcio en sí, sino por la forma en que se produce; y cuando la justicia desaparece, la palabra pasa de ser una solución a convertirse en una maldición. Y la tragedia continúa mientras sigamos recitando el versículo sin ponerlo en práctica.

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