Magdy Tantawi escribe: ¡Vino, confusión y la historia de la cerveza nacional!
En una velada televisiva que recordaba a una ensalada olvidada al sol, apareció la señora *Yasmine El Khatib* acompañada del doctor Mohamed El-Baz, para obsequiarnos con una nostálgica serenata hacia la época de la cerveza y las bebidas alcohólicas, como si la grandeza de la historia de Egipto pudiera reducirse a una botella de *Stella* y a un esmoquin de mangas cortas.
El-Baz hablaba con ironía sobre la vestimenta actual de las egipcias en comparación con la de los años cuarenta, ignorando con destreza casi mística que la diferencia entre pasado y presente no reside en la longitud de la falda, sino en la cortedad de la mirada. Continuó tocando la cuerda de la nostalgia corrupta, lamentándose: “¿Dónde están aquellos días en los que la gente iba a comprar cerveza con normalidad?”.
Como si la crisis económica, el colapso de la educación, la devaluación de la libra y la precariedad de los servicios sanitarios tuvieran como única causa la ausencia de un “desarrollo sostenible en el sector del alcohol”.
Y llega entonces el remate “genial”: acusa a los salafistas de haber “arruinado la vida de la gente”. Frase cierta, sí, pero en este contexto resulta tan absurda como usar *kunafa* para vendar una herida.
El-Baz y quienes se le parecen practican con destreza el arte de la confusión. Los salafistas ciertamente estrecharon lo amplio, prohibieron lo cotidiano e incluso dictaron fatwas sobre respirar sin permiso; pero ¿acaso la prueba de su fracaso es la falta de cerveza o de ropa de gala? Es como culpar al fontanero por no reparar la fractura de la política exterior.
El problema no está en criticar al salafismo, sino en convertir la vida egipcia en una contienda entre “predicadores del alcohol” y “predicadores del velo”, como si no hubiera más alternativa que elegir entre una barba que dicta fatwas desde una cueva del siglo III de la hégira o una corbata que añora las copas del pasado en los clubes de jazz.
La pregunta es: ¿por qué el wahabismo termina en Riad, el comunismo en Moscú y la gripe aviar en China… pero en Egipto permanecen como huéspedes permanentes?
¿Por qué las epidemias ideológicas no nos abandonan incluso cuando sus países de origen ya las han superado?
¿Será que Egipto es un terreno fértil para la infección, o que contamos con aficionados profesionales en importar desechos ideológicos y promocionarlos como “progreso refinado” o “auténtica religiosidad”?
Quizás porque en Egipto la falsificación se practica como un oficio. Somos un pueblo perdido entre la nostalgia por un pasado que nunca vivió, el rechazo a un presente que no comprende y la creencia de que el futuro llegará en forma de anuncio televisivo.
¡Que viva Egipto entonces…!
Un país donde el alcohol se mezcla con las fatwas, donde las barbas chocan con los bares y donde sus intelectuales lloran más por una botella de cerveza que por el cristal roto de la patria.
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