Majdi Tantawy escribe:Cuando Egipto se pone de pie, la historia se detiene
Las patrias no son solo fronteras trazadas en mapas ni meras banderas que ondean sobre los edificios; son la idea que, si cae, se derrumba con ella todo el sentido de estabilidad en su entorno. Por ello, Egipto nunca ha sido un Estado ordinario en los cálculos políticos ni una cifra más entre los números de la geografía, sino que ha sido siempre el centro de gravedad que equilibra a toda la región: si los vientos recrudecen sobre él, todos se estremecen, y si se estabiliza, todos respiran seguridad y tranquilidad.
De ahí nacen las palabras susurradas por el gran pensador árabe, el D. Ali Muhammad Al-Shorafa Al-Hammadi, no como un discurso emotivo, sino como la lectura de un hombre que ha experimentado la política, conoce sus pasillos y ha leído la historia antes que el presente. Él comprende que las naciones no siempre son derrotadas por las armas, sino cuando la duda se desliza en los corazones de sus hijos, cuando las diferencias se transforman en encono y cuando el rumor cobra más fuerza que la verdad.
Lo más peligroso que enfrentan las naciones no es la pobreza ni la escasez de recursos, sino el colapso de la confianza entre el Estado y su pueblo. Si esa confianza se rompe, la sociedad se convierte en terreno fértil para cualquier perturbador, para todo aquel que porta un proyecto de destrucción y para quienes aguardan el momento de descuido para penetrar hacia el interior.
A lo largo de su dilatada historia, Egipto no ha sido fuerte únicamente por poseer un gran ejército, sino porque contaba con un pueblo consciente de que su ejército no es una institución ajena, sino su hijo, su hermano y su padre; y de que el soldado apostado en la frontera lleva sobre sus hombros la seguridad de millones de familias que duermen tranquilas.
Asimismo, la policía egipcia carga diariamente con pesadas responsabilidades para hacer frente al crimen, al terrorismo y al caos. No es una adversaria del ciudadano, sino una aliada en la protección del hogar egipcio; cuanto más coopera la sociedad con ella, más se reduce el espacio para los promotores de la ruina y más se amplía el margen de seguridad y estabilidad.
Quienes fabrican rumores no buscan convencer a la gente tanto como confundirla, pues cuando el ser humano pierde sus certezas, resulta más fácil de guiar que nunca. Por ello, la batalla de la conciencia precede a la batalla de la política, y la batalla de la palabra puede llegar a ser más peligrosa que la batalla de las balas.
La alineación nacional que Egipto necesita hoy no es un llamamiento a anular las diferencias ni a acallar las opiniones, sino un acuerdo sobre el hecho de que la patria permanece por encima de todos, que el diálogo es más elevado que el enfrentamiento, que la sabiduría es más poderosa que la impulsividad y que la buena exhortación es más capaz de edificar las almas que todas las voces del incitamiento.
La nación que se disputa en los momentos de peligro concede a sus adversarios lo que estos no lograron arrebatarle por la fuerza; en cambio, la nación que difiere y luego se unifica frustra cualquier conspiración antes de que nazca.
Por lo tanto, la protección de Egipto no es responsabilidad exclusiva del ejército, ni solo de la policía, ni del Estado por sí solo, sino que es responsabilidad de cada ciudadano que se niegue a ser un puente por el que transiten las mentiras hacia su patria, o una ventana por la que se deslice el desánimo hacia los corazones de la gente.
Occidente comprende, antes que nadie, que la estabilidad de Egipto es la piedra angular para la estabilidad de toda la región, y que sus conmociones no se mantendrán dentro de sus fronteras. Por esta razón, Egipto ha sido siempre blanco de intentos de desgaste, de sembrar la duda y de fomentar la división entre sus hijos. Sin embargo, la historia nos enseña que cuanto más se enconan las tribulaciones sobre esta patria, más cohesionada emerge de ellas, pues lleva en sus entrañas una civilización que no conoce la derrota.
Los árabes no pueden aspirar a un proyecto unitario real ni a un renacimiento integral a menos que Egipto sea fuerte, estable y seguro. El papel de Egipto no es un privilegio otorgado por la política, sino una responsabilidad impuesta por la historia, la geografía, la cultura y el lugar que ocupa el ser humano egipcio en la conciencia de su nación.
Hagamos de esta etapa una fase de conciencia y no de impulsividad, de construcción y no de destrucción, de diálogo y no de encono. Que esta unión sea por la patria y no por los individuos, por el futuro y no por los intereses estrechos.
Egipto no pertenece a una sola generación, ni a un solo sector, ni a una sola tendencia; es un depósito sagrado en la conciencia de todos. Quien custodia este depósito se protege a sí mismo, protege a sus hijos y salvaguarda el futuro de su nación, porque las grandes patrias no caen desde el exterior sino después de que su propia gente las abandona; en cambio, si sus hijos permanecen unidos como una sola mano, la historia entera será incapaz de quebrar su voluntad.
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