Hay una frase que dijo el afamado escritor Naguib Mahfouz en boca del gran actor Yehia Chahine en la película Entre dos palacios (Bayn al-Qasrayn) que quedó grabada en la memoria, no por ser un mero diálogo cinematográfico, sino por ser un brillante resumen de la historia de toda una sociedad. Cuando la bailarina se llevó la mercancía sin pagar su precio, el empleado le preguntó a Sayyid Ahmad Abd al-Jawwad: «¿Cómo la anotamos en el libro de cuentas?».
Y vino la genial respuesta: «Apunta ahí: Mercancía arruinada por la pasión».
Qué satírica resulta la frase en su superficie y qué profunda en su significado. ¡Cuánta mercancía en nuestra vida ha sido arruinada por el capricho, cuántos derechos se han perdido porque quien toma las decisiones consideró que tenía la facultad de otorgarlos a quien quisiera, y cuántos fondos, privilegios, cargos e intereses salieron de los libros contables no por merecimiento, sino porque la pasión intervino en el cálculo!
El problema no radica únicamente en la mercancía, sino en quien posee el libro y el bolígrafo. Cuando el cargo se convierte en una propiedad personal, el dinero público pasa a ser un botín, la posición una dádiva, la ley una excepción y el derecho algo negociable. En ese momento, la pregunta deja de ser «¿quién lo merece?» para convertirse en «¿quién goza del favor de la pasión?». Naguib Mahfouz quiso hacernos reír con una frase pasajera, pero décadas después, esta nos hace reflexionar sobre un rostro doloroso de nuestra realidad: mercancía arruinada por la pasión.
Quizá lo más peligroso del asunto es que la mercancía puede ser dinero, un cargo o un derecho, pero a veces es toda una patria, cuando algunos actúan en ella como si fuera de su propiedad privada. Y cuando la historia pregunte algún día por todo lo que se perdió, no encontraremos en los libros más que esa misma frase: Mercancía arruinada por la pasión.