Magdi Tantawi escribe: Cuando pienses en una sociedad que no acepta el pensamiento, no ataques el garrote grueso
Cuando pensar se convierte en un delito, el silencio pasa a ser una virtud a los ojos de muchos, y cuando la pregunta se transforma en una acusación, la respuesta prefabricada se convierte en el camino más fácil para la salvación.
No todas las sociedades rechazan el pensamiento porque odien la razón, sino porque largos años de miedo y adoctrinamiento han creado una barrera psicológica entre el ser humano y su libertad para preguntar, revisar y debatir. Así, muchos llegaron a creer que la obediencia absoluta es la sabiduría, que la diferencia es el peligro, y que quien piensa no hace más que amenazar su estabilidad; no porque esté equivocado, sino porque despierta en ellos preguntas que ya habían enterrado.
Por ello, el mayor error que comete el portador de una idea es atacar directamente al garrote grueso. El garrote no es el problema, sino el resultado de un problema más profundo: la ausencia de conciencia. Quien sostiene el garrote puede ser una víctima antes de ser un adversario, y puede ser un prisionero de ideas que heredó y no eligió.
El cambio de las mentes no se logra rompiendo el garrote, sino eliminando la necesidad de usarlo; no se logra mediante el enfrentamiento, sino reviviendo la confianza en la razón, restaurando el valor del diálogo y respetando al ser humano, cualquiera que sea su postura.
La historia nos enseña que las ideas no triunfan por la fuerza, y que la represión puede retrasarlas pero no matarlas. También nos enseña que burlarse de la gente no la convence más, sino que la aferra con mayor fuerza a lo que tiene. En cambio, la palabra tranquila y sincera se desliza lentamente en los corazones, pero permanece.
Si quieres construir una sociedad que crea en el pensamiento, no comiences condenando a la gente; comienza por revivir la virtud de la pregunta. Enseña a los niños a preguntar, enseña a los jóvenes a discrepar con respeto, y enseña a los adultos que revisar las ideas no es una derrota, sino una valentía.
Las sociedades que temen al pensamiento no necesitan una nueva batalla, sino una ventana por donde entre la luz; porque la oscuridad no se expulsa con un garrote, se expulsa encendiendo una lámpara.
Por lo tanto, el portador de un mensaje verdadero no se ocupa tanto de demoler muros como de construir puertas, y no mide su éxito por el número de personas a las que derrotó en un debate, sino por el número de personas en las que despertó el deseo de pensar por sí mismas.
Si encuentras una sociedad que no acepta el pensamiento, no hagas que tu batalla sea contra el garrote grueso; haz que sea contra la ignorancia que lo fabricó, contra el miedo que le otorgó la fuerza y contra el silencio que lo mantuvo en alto.
Pues cuando la razón despierta, el garrote cae por sí solo, porque el ser humano libre no necesita a nadie que lo guíe mediante el miedo, sino que lo guían su conciencia, su razón y la verdad en la que cree.
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