Magdi Tantawi escribe: Mi tío es mi dinero y mi amigo es mi brazo

Jun 25, 2026 - 11:07
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Magdi Tantawi escribe: Mi tío es mi dinero y mi amigo es mi brazo

¿Qué habrá llevado a sectores de la sociedad a adoptar aquel lema lanzado por el artista Adel Imam en la película Salam Ya Sahbi ("Hola, amigo mío"): "Mi tío es mi dinero y mi amigo es mi brazo", hasta el punto de convertirse para algunos en una filosofía de vida y no en una simple frase de una obra artística?

¿Qué ha hecho que la ley retroceda en la mente de algunos ante la lógica de la fuerza? ¿Y qué ha impulsado a ciertos individuos a creer que la obtención de un derecho —o incluso la ilusión de tenerlo— no se logra a través de las instituciones, sino mediante la multitud, la amenaza y la brutalidad?

Me detuve a reflexionar detenidamente sobre el incidente de la agresión a la dentista, quien no cometió más delito que negarse a entregar una muela extraída a los familiares del paciente, de acuerdo con lo que dictan las normas de su profesión o los procedimientos de su trabajo. De pronto, la escena se transformó en un estallido de ira descontrolada, agresión, golpes, destrozos e insultos, como si estuviéramos ante una venganza de sangre y no dentro de una clínica médica.

Lo doloroso de este asunto no es solo el incidente en sí, sino que ya no resulta tan impactante como debería ser. La sociedad presiente este tipo de escenas de forma tan repetitiva que casi se ha acostumbrado a ellas, y es ahí donde radica la verdadera catástrofe.

Cuando la agresión se convierte en una noticia común, cuando el acoso pasa a ser un comportamiento diario y cuando el agresor piensa que la multitud que lo respalda le otorga la razón, no estamos solo ante un crimen individual, sino ante un deterioro moral y cultural que requiere una profunda revisión.

Antaño, las sociedades respetaban al médico, al maestro, al juez y al hombre de leyes, porque respetarlos era parte del respeto al orden público. Hoy, en cambio, vemos a quien irrumpe en una institución, un hospital o una escuela creyendo que los gritos, las amenazas y la mano dura son el camino más corto para imponer su voluntad.

El problema es que algunos no buscan su derecho tanto como buscan exhibir su fuerza; si encuentran a alguien que los ponga un límite, retroceden, pero si no, persisten, como si la balanza de la justicia se midiera ahora por el número de personas y no por la justicia de la causa.

Lo que más duele en tales incidentes es la sensación de que el valor del ser humano a veces se ha vuelto más barato que un ataque de ira pasajero o un capricho momentáneo; y que los años de estudio, fatiga y esfuerzo que una médica invirtió para alcanzar su posición pueden destruirse en minutos a manos de personas que decidieron tomarse la justicia por su mano.

Una sociedad no se derrumba solo por la pobreza ni solo por las crisis económicas, sino que se derrumba cuando pierde el respeto por el derecho, cuando la lógica de la fuerza reemplaza a la fuerza de la ley, y cuando el miedo al matón se vuelve mayor que la confianza en la justicia.

Egipto, la cuna de la civilización y de la ley, no merece que en ella predomine la lógica del "brazo fuerte", ni que sus disputas simples se transformen en escenarios de violencia y humillación.

Y queda la dolorosa pregunta:

¿Cuántos incidentes más necesitamos para darnos cuenta de que la protección de la sociedad no se logra solo castigando al agresor, sino restaurando el valor de los principios del respeto, la compasión y el recurso a la ley?

Las naciones no están protegidas por quienes tienen los brazos más fuertes, sino por quienes poseen las conciencias más vivas.

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